Esta es una de estas preciosas historias propias de la Navidad que además ha tenido cierta relevancia en el mundo del motor, hasta el punto de que lo han calificado como el equivalente automovilístico al hallazgo de la tumba de Tutankamón.

El asunto es casi de cuento: comenzó cuando una casa de subastas recibió una llamada de unos herederos de unas tierras en las que había una finca con una granja en la que se guardaba un vasto número de coches clásicos. Ignorantes de lo que allí había, los herederos habían descubierto la finca y sus contenidos cuando murió su padre, que era hijo a su vez de Roger Baillon, un empresario del transporte fallecido una década antes. El sueño del abuelo Baillon había sido crear un museo de coches clásicos; tal vez por eso atesoraba estas auténticas joyas que cayeron en el olvido cuando por problemas económicos tuvo que cerrar su empresa. Poco después murió.

Los más de 60 vehículos de la colección se encontraron en diferentes estados de conservación dependiendo del lugar en que habían sido guardados: algunos, bajo chamizos casi a la intemperie, estaban viejos, oxidados y abollados. Otros modelos más recientes en cambio habían sido resguardados en graneros o edificaciones más resguardadas y estaban en mejores condiciones.

Entre los coches hay modelos de todos los países y constructores: Delahaye, Ferrari, Panhard-Levassor, Talbot… También hay un Citroën Trèfle, un modelo fabricado y comercializado entre 1922 y 1925 del que se vendieron unas 80.000 unidades. Se le conocía como «el limoncito» porque originalmente solo se fabricaba con chasis pequeño y en color amarillo chillón.

Entre otros vehículos –y eso que casi todos son «especialmente raros»– hay coches que se sabe pertenecieron a reyes (Farouk de Egipto), al actor Alain Deloin y ediciones limitadas de los que solo se hicieron unas pocas decenas o cientos de unidades. El valor de la colección Baillon es en realidad incalculable: algunos de los vehículos ya valdrían por si solos más de ocho millones de euros. Quizá por eso los herederos han decidido que lo más fácil es que se encargue de ellos alguien con conocimientos que los pueda aprovechar y restaurar para enseñar al mundo. Así que el año que viene se subastarán los vehículos y se podrá comprobar cuál es interés real en ellos.

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