La conducción autónoma es una nueva forma de entender la movilidad donde el conductor pasará a convertirse en un pasajero más del vehículo ubicado en la butaca donde anteriormente se efectuaba el gobierno de cualquier mando. Esta tecnología que parece extraída de cualquier film de ciencia-ficción, no solamente es posible hoy, sino que cada vez se encuentra más cerca de formar parte de la circulación habitual.

Ya no hablamos de una tecnología experimental que necesita de amplios desarrollos, ahora sus grandes retos pasan por la aprobación de los usuarios y la necesaria evolución del marco legislativo para adoptar esta tecnología con total garantía. Su capacidad es plena en infinidad de situaciones y pretende conseguir una sustancial mejora en seguridad, reducción de consumos y confort a bordo.

La tecnología es ya una realidad, su aceptación no

El automóvil actual goza de un equipamiento con plenas posibilidades de monitorizar y gestionar todo cuanto acontece en nuestro alrededor, ya sea refiriéndose a un peatón que pretende cruzar justo por delante de nuestra trayectoria, o los vehículos parados que rodean nuestro coche en una situación de congestión de tráfico.

Sistemas apoyados en radar, sensores de ultrasonidos e infrarrojos y cámaras de vídeo, consiguen generar una realidad virtual de nuestro entorno donde identificar múltiples variables que afectan a nuestro conducción. De este modo, lo que hoy en día nos sirve para conocer si abandonamos el carril de forma involuntaria o si estamos próximos a colisionar con un vehículo mientras estacionamos, mañana nos brindará una nueva posibilidad en forma de mapeado tridimensional de cualquier objeto dentro del alcance de análisis.

Queda claro entonces que la tecnología no sólo es capaz, sino que es más que capaz a día de hoy. La problemática pasa entonces por garantizar un escenario donde la conducción autónoma sea capaz de exprimir todo su potencial sin descubrir defectos de forma que lapiden sus beneficios. Hay que considerar que la carretera abierta es un escenario donde es imposible identificar patrones puntuales de conducta, lo cual convierte a la toma de decisiones en tiempo real en una de las máximas de la conducción autónoma.

Los vehículos equipados con sistemas de conducción autónoma deberán ser capaces de predecir, evaluar y actuar ante cualquier posible eventualidad, y aquí es donde la tecnología se encuentra inmersa en estos momentos de cara a establecer un criterio que permita garantizar la máxima seguridad individual y colectiva. La red de redes que se pretende implantar entre vehículos, los denominados protocolos Vehicle-to-vehicle y vehicle-to-infraestructure, son parte fundamental de este nuevo paso.

Coches que conducen solos y mejoran seguridad y consumo

La industria habla convencida de que la primera incursión de la conducción autónoma se realizará en el periodo entre el año 2016 y 2020. Esta primera prueba de fuego no ofrecerá plenas posibilidades, sino que delimitará su funcionamiento a situaciones muy concretas como atascos o circulación a muy baja velocidad. El objetivo es aumentar el grado de confort durante las situaciones de atasco.

Estos primeros sistemas, denominados como conducción semiautónoma, serán capaces de discurrir por carreteras a velocidades de hasta 50 Km/h, permitiendo efectuar la parada y arranque del vehículo tantas veces sea necesario, llegando incluso a ofrecer la posibilidad de cambiar de carril y evitar obstáculos durante el trayecto en este modo de conducción.

En pleno transcurso del año 2013 hablamos de conducción autónoma como una tecnología de futuro y, ciertamente, ya no es así. Es una tecnología presente que sólo carece de un marco regulador a nivel de responsabilidad y un acercamiento al usuario de a pie. Se puede afirmar sin tapujos que guarda un potencial muy alto en temas tan preocupantes como la seguridad y la eficiencia de combustible, por lo que su aplicación nos permitirá beneficiarnos de una nueva forma con la que disfrutar de nuestro vehículo habitual

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